Un montón de migas de pan
seducen sin rodeos a las palomas
que forman un círculo preciso,
validando lo que algunos consideran
una limosna arrojada al piso áspero
de la plaza. Pero ellas consideran aquello
un alimento de los dioses o del cielo,
un factor de unidad permanente que
las hace alejarse de los buitres infames
que esperan verlas como carne a herir.
Y en el vuelo no pierden la cohesión
mientras un camión ya barrió esa parte de
la calle, el piso áspero al que han de volver.
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