Las monedas que tirabas
a la fuente alegremente
parecían barnizadas
por ese romanticismo rayano
en la ridiculez. Hoy
todas están oxidadas e
inutilizables, símbolos
de un despilfarro que siempre
precede a la mala suerte donde
la fuente se descascara, los angelitos
pierden la cabeza y las musas
con su arpa reluciente
quedan para el saco de piedras
que alguien habrá de comprar
o tal vez no.
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