Lo que me gusta de ella es que su boquita
es como una aureola ensuciada. A pesar
del rojo fresco que exhibe
y de sus comisuras limpias
sé que al contacto con mi carne es
el anillo que deja entrar su veneno
acumulado entre rechazos
y heridas, un labio partido
para no poseer ni buscar
un vínculo sereno. Su altar
si existe
será tan rojizo como su sangre pintada
que también es la mía
cuando me muerde y me ensucia
sin terminar de regalarme
su bello desprecio
susurrando un nunca que cae
en los muros agrietados de mi mente.
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